De compras.
Un nuevo génesis bíblico de mi vida comenzó al llegar a los Estados Unidos hace veinte años. En el primer día, pisé tierra firme en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York y obtuve un permiso de inmigración por seis meses. En el segundo, valoré el mundo bajo una luz veraniega, distinta, cuando me levanté por primera vez en la casa de los García y escuché a los niños jugando alegre y despreocupadamente en la piscina. En el tercero, comencé a buscar infructuosamente un apartamento en Manhattan y me di cuenta de que es un sueño de película que sólo es posible si se tiene mucho billete o un gran salario en dólares. En el cuarto día, encontré la morada perfecta en Queens, una vivienda que el universo había destinado para mí desde un principio y, en el quinto, ocurrió un diluvio al interno de nuestro hogar causado por la rotura del inodoro que me recordó la potencia del agua y sus mensajes. En el sexto, tuve que soportar los ladridos de la escandalosa perrita de la propietaria de la casa cada vez que subía para utilizar el baño y en el séptimo día, conseguí muebles para dejar de dormir en el suelo.
Pasaron tres noches y cuando la normalidad regresó después de la inundación y reparación del baño, nos fuimos finalmente de compras. Billy nos recogió en un carro más grande que su todoterreno y nos llevó a la Roosevelt Avenue un área donde los hispanos adquieren las cosas a precios más módicos. El lugar no parecía parte de la ciudad de Nueva York y era una extensión de San Victorino, un área comercial atestada, insegura, sucia y febril del centro de Bogotá antes de que tumbaran las galerías de Antonio Nariño para remodelar el sector. El área de la Roosevelt Avenue en Jackcson Heights tenía pequeñas tiendas comerciales por todas partes y muchísimos restaurantes de comida típica decorados con sencillez que ofrecían platos de comida oriundos de los países de Sur o Centro América a precios de los Estados Unidos.
Mi amiga y yo nos habíamos vestido como para ir a trabajar en una oficina ejecutiva lo que definitivamente no era una manera apropiada para ir al folclórico barrio latino. La gente, al vernos por la calle con pinta tan refinada, se quedaba mirándonos con una mezcla de sorpresa, admiración y desdeño. Siendo altas y atractivas eramos fáciles de notar y nos veíamos ridículas al contrastar con las mujeres que andaban por la avenida en su mayoría arduas trabajadoras, sencillas y bajitas, que no tenían mucho tiempo para acicalarse ni tampoco trabajos que requerían vestirse elegantemente. Muchas sonreían porque se daban cuenta de que éramos latinas estiradas recién llegadas y que era la primera vez que andábamos por la Roosevelt Avenue. Mientras recorríamos el sector Liliana y yo llevábamos la cartera muy apretada pensando que en cualquier momento alguien nos la iba a robar pues las calles parecían inseguras y la zona de Jackson Heights daba mala espina. Nos tomó varias visitas a esta área urbana con sabor a subdesarrollo latinoamericano para comprobar que la mayoría de los transeúntes eran personas de bien e inofensivas y que, a menos que estuviéramos muy de malas o caminásemos tarde en la noche buscando problemas, nunca nos iban a hacer daño. A los latinos que llegan a Estados Unidos, excepto los criminales, les gusta respetar las leyes porque comprenden lo maravilloso que es vivir en un país donde se obedecen las normas y donde se olvida el temor a ser asaltados o perder la vida al enfrentarse a los malandrines.
Pronto comenzamos a entrar y salir de los almacenes sin comprar nada aterrorizadas por los precios de los muebles. Después de cuatro horas, Billy desesperado nos pidió dos “cuaras” la forma en que muchos latinos pronuncian la moneda de veinticinco centavos de dólar y desapareció entre la gente. Después de quince minutos regresó y nos anunció que había hablado con un amigo y que nos iba a llevar al negocio de una persona que vendía somieres y colchones usados. ¿Colchones usados? ¡Esto era peor que dormir en el suelo! ¿Y si tenían piojos y olían mal? Hasta ese momento yo pensaba que solamente los pobres o los pordioseros eran capaces de dormir en colchones donde habían dormido o muerto otros humanos desconocidos. Con fastidio y mala voluntad nos dirigimos al almacén ante la mirada impaciente y recriminadora de nuestro recursivo amigo quien había sufrido las duras y las maduras por muchísimos años antes de irse a vivir a la lujosa casa que su madre compró en Long Island. Él sabía perfectamente que nadie se muere por dormir en cama usada.
Cuando llegamos al lugar Billy nos dijo en voz baja pero certera: “Ahora sí tienen que comprar algo. No más pendejada”. Liliana y yo nos sentimos regañadas y entramos al almacén un poco afligidas. Un vendedor que mascullaba el inglés nos salió al encuentro y nos preguntó en que podía ayudarnos. Le dijimos que necesitábamos unas camas que no fueran muy caras a lo cual nos respondió, en español, que tenía de todos los precios. Lo seguimos a lo largo de una bodega inmensa hasta que se detuvo y nos dijo: “esto es lo más barato que tengo” y luego nos miró y sonrió sarcásticamente. Seguramente estaba pensando por qué dos mujeres tan encopetadas que hablaban el inglés estaban comprando somieres y colchones usados. Con la ayuda de nuestro amigo Billy inspeccionamos con cuidado la mercancía y no encontramos nada que nos diera asco. No conozco a fondo el proceso que se utiliza para mejorar el aspecto de los colchones usados, pero parecían como nuevos y el precio era económico y estaba al alcance de nuestro bolsillo. Las regulaciones en Nueva York permiten que los colchones viejos se vendan siempre y cuando se limpien o desinfecten de alguna manera antes de la venta y el cliente sepa, al ver la etiqueta de color rojo o amarillo, que la mercancía ha sido utilizada por otra persona o que contiene material reciclado. Habría sido imposible conseguir una mejor ganga en todo el distrito de Queens y decidimos comprar, para el beneplácito del vendedor burlón, nuestras camas sencillas por setenta dólares cada una incluyendo el somier. Antes de salir del barrio fuimos a una tienda extraña con gente muy rara para comprar un televisor. Un viejo con barba nos trajo un pequeño televisor de veinte pulgadas que no tenía control remoto, pero parecía muy moderno y sin usar. Inmediatamente supe que estábamos en una tienda donde los ladrones vendían sus bienes robados y quise irme del lugar. Sin embargo, el tipo pidió una cantidad mucho menor de lo que nos imaginábamos, pusimos nuestros escrúpulos a un lado y compramos una televisión nueva por sólo cincuenta dólares.
Para ahorrarnos el costo del transporte, Billy puso la preciada carga sobre el techo de su automóvil y la sujetó fuertemente amarrándola hábilmente con lazos que pasó de un lado al otro por entre las ventanas abiertas para impedir que se cayeran durante el viaje de regreso a nuestro apartamento. Yo me senté en el asiento trasero con la televisión. En el camino paramos en un almacén de unos amigos de Billy que eran de la India donde conseguimos cosas totalmente nuevas a mitad de precio: los forros para los colchones, las sábanas, las fundas para las almohadas y los cubrecamas en tonos suaves azules y amarillos. ¡Qué maravilla! Ya no tendría que dormir en el suelo un día más, aunque después de tres noches ya me estaba acostumbrando a fantasear mientras dormitaba sobre las frías y duras baldosas de mi nuevo hogar.
Dicen que la dicha es lograr encontrar algo con lo que uno se siente complacido y, sin lugar a duda, ese día que fui a Roosevelt Avenue a hacer compras terminé la jornada plena de hormonas de felicidad porque me sentía satisfecha de haber superado mis prejuicios y de haber adquirido de nuevo una dimensión de consciencia que me permitió apreciar profundamente la emoción que los pobres sienten cuando logran comprar lo que necesitan.
Amoblar el apartamento se convirtió en una nueva lección de empatía y de humildad. Además, la vida me regaló un colchón barato, muy cómodo, sin piojos y sin pestilencia para seguir soñando mientras escuchaba las noticias que provenían de un televisor que le robaron a alguien que nunca conocí.

Así es, las cosas cambian positivamente de acuerdo a la actitud que se tome, bonita historia, Un abrazo
Dora Lucia, es verdad que todas las cosas se ven desde una mejor perspectiva cuando cambia la actitud. Gracias por leer mi historia.
Mi hermanita guerrera!!!!! Qué cantidad de aventuras que no habías compartido!!!!!
La descripción del barrio, los colchones, el trasteo en este momento son anécdotas de vida. Gracias por compartir vivencias que nos han hecho crecer, madurar y fortalecer
Claudia, gracias por leer mis anécdotass de vida. La vida nos obliga a crecer y a madurar.
Constanza, faltan muchas aventuras que muchos no conocen. Todos tenemos una gran historia de vida, pero no todos la contamos.
Esas son las experiencias que fortalecen.
Luz Marina, toda experiencia fortalece o nos hace aprender.
Es verdad todos tenemos historias de vida que nunca se terminan. Gracias por compartir
De acuerdo Vivian. Gracias por leer lo que cuento!