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De camino a Queens.

La felicidad tiene muchos matices y en los momentos más inesperados es posible hacer dichosas, sin pensarlo, a personas que se atraviesan en nuestro camino por diversas razones. Nuestro nuevo apartamento en Queens se convirtió en el lugar donde debíamos construir nuestra futura satisfacción existencial. Era esencial crear un sitio que nos permitiera dar y recibir tranquilidad. El nuevo hogar tenía un espacio grande muy agradable con una luz especial y un patio exterior que le conferían un encanto particular a pesar de estar localizado por debajo del nivel de la calle y no tocar las nubes de Manhattan. Había una cocina con gabinetes, una estufa, una nevera y una pequeña mesa con dos asientos, pero faltaba llenar el vacío restante. Los humanos le tenemos miedo al vacío físico y personal y nos pasamos los años anhelando una vida enriquecida por la simetría emocional y espacial.

Hablando de felicidad, la madre de Billy fue la persona más feliz del universo cuando supo la noticia de que las amigas de su hijo habían alquilado un sótano remodelado en Queens. La señora García había sido una mujer pobre en su juventud y como no éramos de su misma clase social le parecimos un par de mujeres estiradas y poco simpáticas. Entre más rápido nos fuéramos de su casa mejor. Seguramente le molestó que habláramos el inglés un idioma que después de treinta años ella aún no dominaba o le fastidió que hubiéramos invitado al batallón García a comer al Burger King solamente una vez. Quizás le recodábamos su pasado y las dificultades que pasó como inmigrante y consideraba injusto que tuviésemos más privilegios de los que ella tuvo en las mismas circunstancias. Nunca sabré exactamente la razón del por qué no le caímos bien pues el día en que salimos de su casa fue la última vez que la vi. Lo único que puedo agregar es que nuestra partida generó bienestar para todos. Su negativa a hospedarnos sirvió de cataiizador de nuestra independencia y nos volvió a enseñar que la vida, para darnos una lección, toma giros diferentes sin importar los planes que se tengan.

A pesar de todo, la doña nos regaló una cobija grande y dos almohadas antes de irnos las cuales empacó en tres bolsas de un almacén de ropa llamado Banana Republic; nos despidió con un fuerte abrazo de felicidad sincera mientras su hijo iba y venía acomodando las maletas en su Wrangler y sacaba a hurtadillas un galón de agua, un litro de leche, una botella de aceite de cocina, una caja de galletas, un cartón de huevos, un frasco pequeño de Nescafé y algo de azúcar y de sal como provisiones para nuestro desayuno del día siguiente. Billy metió todo en dos cajas de cartón sorprendiéndonos de nuevo con su generosidad y su disposición de cuidarnos en una ciudad inmensa que podía tragarnos vivas. Recorrer una ciudad desconocida como turistas es más fácil que vivir en ella permanentemente. Nos embutimos entre el todoterreno con el “menage”. Una gran sonrisa de alivio se dibujó en el rostro de la matriarca García al vernos partir, aunque también me pareció ver en sus ojos un destello maternal que nos auguraba buena suerte en silencio. Ella sabía a ciencia cierta lo que nos esperaba en la jungla de cemento.

A este punto llevábamos ya cuatro días en la Gran Manzana y mi amiga y yo aún no habíamos llamado a nuestros padres para comunicarles que todo andaba bien pues la primera cosa que nos había advertido nuestro querido protector era que no podíamos usar el teléfono de su casa para hacer llamadas a Colombia. Era una regla establecida que aplicaba para toda la familia y los huéspedes de la residencia García con el fin de evitar astronómicas cifras en la cuenta del teléfono ya que en ese entonces no existían tarifas promocionales para llamar al extranjero y cualquier llamada fuera de Estados Unidos costaba un ojo de la cara.

En esa época había tres posibilidades para llamar a Colombia. Podíamos comprar una tarjeta telefónica que venía con un número especial de acceso internacional que se digitaba llamando de un teléfono fijo, podíamos procurarnos al menos treinta monedas de veinticinco centavos para hacer una llamada corta desde un teléfono público o podíamos ir a un establecimiento que tenía cabinas telefónicas como las que existían en antaño en la Oficina Nacional de Telecomunicaciones para hacer llamadas de larga distancia. Optamos por la última opción y Billy, que se las sabía todas, se desvió de la autopista principal para entrar en el barrio de Jackson Heights donde habitaba una gran mayoría de hispanos y que parecía una fiel réplica de la desorganización y el caos del centro de Bogotá o de cualquier otra ciudad latinoamericana. El vecindario me dejó boquiabierta porque era totalmente diferente de lo que habíamos visto en Manhattan y en los barrios residenciales de Long Island. En Jackson Heights no parecía que estuviésemos en Nueva York y se sentía como si nos encontráramos en una atestada área comercial de Colombia o la India. Lo que más me impresionó fue el ruido ensordecedor que hacía el metro aéreo al viajar sobre un puente de metal verdoso ubicado por encima de las calles. El sonido estridente del tren que pasaba cada quince minutos, el tráfico atascado y el flujo de personas que bajaban por las escaleras del metro para unirse a los cientos de transeúntes era un espectáculo sin paralelo digno de una película. Los olores de comida, el humo de los exostos de los autos, las voces de los peatones, las sirenas de la policía y las ambulancias y la música proveniente de algunos puestos de comida y de los coches con equipo de sonido estéreo fueron parte de una experiencia inolvidable. Jackson Heights era un pedacito de la tierra que habíamos dejado atrás, que no me gustó para nada ese día, pero que más adelante sería el lugar que visitaría de vez en cuando si me entraba la melancolía y anhelaba perderme en el desorden y las costumbres típicas de mi cultura para reconectarme con mi patria. Nada como comer buñuelos, arepas con queso, bandeja paisa o pescado frito con patacones para volver a ser felices.

Mientras esperaba en la cabina a que la operadora me pasara la llamada para informar a mi familia que estábamos sanas y salvas, el tiempo  se detuvo por un instante y me sentí flotando en una tercera dimensión entre el progreso y el subdesarrollo que viven juntos dentro de un país poderoso. Fue un momento extraño que duró solo algunos segundos. Al finalizar la conversación, le advertí a mi papá y al resto de la familia que no esperaran llamada por algunos días ya que no teníamos teléfono en el apartamento. Tan pronto como tuviera una línea telefónica que nos comunicara con el mundo exterior los contactaría de nuevo. Cuando finalmente llegamos a nuestra nueva morada, Ana María, la propietaria, nos estaba esperando para darnos las llaves y ofrecernos un té helado con limón. Una vez más, Billy nos ayudó a llevar el equipaje, las cajas y las bolsas a nuestro nuevo domicilio y después de hablar con nosotras brevemente se alistó para irse. El hombre estaba exhausto de manejar y trastearnos de un lado para el otro y le esperaba un largo viaje de regreso a su casa. Al despedirnos le estampamos un beso doble muy sonoro en cada mejilla y le dimos un abrazo tan apretado que lo hicimos sonreír a pesar del cansancio. Nos pusimos una cita para encontrarnos al día siguiente a las once de la mañana para ir a hacer mercado y ver muebles.

Hacia la media noche Liliana y yo estábamos conversando mientras descansábamos del trajín del día sentadas en los asientos de la cocina cuando oímos que golpeaban en la puerta que comunicaba el sótano con la lavandería. Era Ana María que nos traía un colchón inflable para que no durmiéramos en el suelo. Nos conquistó con su lindo detalle de empatía. Se despidió de nosotras y se fue. Tomamos una ducha con agua caliente que hacía un ruido raro al salir, un ruido que también se sentía al abrir el grifo del lavamanos y al descargar el inodoro. Inflamos el colchón con el aire frío del secador de pelo, pusimos nuestra cobija regalada como sábana, acomodamos las almohadas y conciliamos el sueño en un abrir y cerrar de ojos. Nos despertamos hacia las nueve de la mañana gracias a una luz brillante y cálida que entraba por la ventana y nos dimos cuenta de que estábamos acostadas en el puro piso. El colchón se había desinflado durante la noche. La válvula del aire tenía un escape y la inflable cama doble no pudo aguantar el peso de los sueños y las ilusiones de dos mujeres recién llegadas a Queens.