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Un apartamento por las nubes.

Los seres humanos que son afortunados de poseer el sentido de la vista son sensibles a la magnificencia del color. Con el tiempo y para nuestro propio detrimento nos acostumbramos a ver las cosas a color y consideramos que los colores están ahí porque tienen que estar. Sin embargo, cuando somos transportados a un lugar nuevo, lejos de nuestro hábitat rutinario, recuperamos la maravilla que es apreciar los colores y nos damos cuenta de que su tonalidad cambia según nuestro estado de ánimo, nuestra determinación de vivir algo excitante y nuestra curiosidad. Alrededor del mundo los colores son símbolos de la luz que impacta nuestra existencia, buenos o malos. Los artistas, los poetas y los escritores tratan incansablemente de convertirse en alquimista para imitar estos colores a través de pinturas y palabras, pero nunca han llegado a crear ni la perfección de los matices que encontramos en la naturaleza ni tampoco la percepción de estos en el instante en que pasan simultáneamente por la refracción en el microscopio de los ojos y el alma. Traemos el color en la sangre porque es intrínseco e influye en nuestras sensaciones.

Mi primera mañana en Nueva York me desperté un poco desorientada, pero con un bello sentimiento, un sentimiento que se magnificó por los efectos de la luz que pasaba por la ventana de la habitación donde dormí, un albor que invadía el espacio sin pedirle permiso al vidrio y se reflejaba en todo el cuarto creando un ambiente mágico que sonaba silenciosamente como las notas musicales de un xilófono. La luz bailaba por la recámara y cuando el sol penetró la barrera de cristal, los colores del arco iris se reflejaron en la pared dando la sensación de que eran un regalo divino enviado desde el cielo. Los gritos de niños que jugaban alegremente en la piscina y la algarabía veraniega me trajeron de vuelta a la realidad y me hicieron recordar que la luz que me había fascinado era la luminosidad de un día desconocido, de un lugar diferente y de una vida nueva.

Me duché, me vestí rápidamente y no me preocupé por maquillarme pues en esa época podía lucir atractiva recién levantada y sin maquillaje; descendí las escaleras sin hacer ruido y fui a parar a la cocina siguiendo el aroma a café colombiano recién preparado que me hizo dar hambre, de esas que se sienten hacia las diez de la mañana cuando se está de vacaciones. Tan pronto como llegué a la cocina me encontré con Billy y Liliana conversando, bebiendo café, comiendo huevos fritos y tostadas con mantequilla y me sentí feliz de poder consumir un desayuno abundante sin tener que molestar a la madre de mi anfitrión. Mientras comía me di cuenta de que varios periódicos yacían  sobre la mesa. Billy se había levantado muy temprano para ir a comprarlos y motivarnos a encontrar un apartamento lo más pronto posible tal como se lo había prometido a su madre.

Escudriñamos la sección de apartamentos para arrendar en Manhattan y comenzamos a buscar esperanzadas un lugar hermoso para vivir que estuviera situado en esa área exclusiva donde vivían todas las personas que aparecían en las películas filmadas en Nueva York. ¡Qué idiotas e ingenuas fuimos! Estábamos a punto de aprender que, si en Colombia éramos unas chicas privilegiadas, en un país desarrollado no éramos nadie y contábamos como un cero a la izquierda o como mujeres con pocos ceros a la derecha en la cuenta bancaria. Sabíamos que las viviendas a lo largo o alrededor de la quinta avenida eran prohibidas para nosotras. No solamente esa avenida era famosa y poco a poco nos despertamos a la realidad de que todas las avenidas del alto y bajo Manhattan albergaban viviendas fuera de nuestro alcance. Encontrar un apartamento se volvió una experiencia muy frustrante y complicada. Tristemente, al finalizar el tercer día Liliana y yo nos dimos cuenta de que si queríamos vivir en Manhattan nuestra única alternativa era la de acampar en el Central Park o dormir en una banca del parque como lo hacían los pordioseros sin hogar.

Billy respiró aliviado cuando vio que las dos colombianitas con ínfulas de millonarias finalmente estaban comenzando a entender que la exclusividad y el privilegio cuestan un ojo de la cara en Nueva York y que de afortunadas en Colombia nos habíamos convertido en pobres individuos sin influencias y sin referencias como el resto de los inmigrantes. El valor de arrendamiento de un estudio en nuestro vecindario preferido era cinco veces más caro que una exclusiva residencia de un edificio en el Norte de Bogotá. Además, los propietarios de los apartamentos, bastante odiosos al oír nuestro acento, nos exigían el valor de dos meses como depósito de garantía y dos meses de arriendo por anticipado a la firma del contrato para alquilar el apartamento por seis meses. El total de la suma del dinero era una fortuna para dos mujeres cuyos ahorros en pesos colombianos no eran suficientes para permitirse el lujo de vivir en el centro de Manhattan y que debían tener dinero adicional para comer, transportarse y divertirse. Nuestros sueños se desvanecieron y tuvimos que empezar a respirar y vivir con humildad. Entonces me recordé de la canción de Escalona “Te voy a hacer una casa en el aire” que podía adaptarse a nuestra inverosimilitud de habitar en un edificio de vidrio que flotara en el aire vecino a las nubes.

Días ante de viajar a Estados Unidos, Gloria, una excelente amiga y compañera de trabajo en Sony Music International, me había comentado que su prima Ana María vivía en el distrito de Queens en Nueva York y tenía una casa antigua, construida en los años cincuenta, cuyo sótano había apenas remodelado y que seguramente podíamos tomar en arriendo si no encontrábamos algo que nos gustara. «Ya las recomendé especialmente con ella y le conté que éramos muy buenas amigas y las describí como personas de buena familia,  honorables y sin ningún problema», agrego Gloria.

Yo había escrito en mi agenda  el teléfono y el nombre de la familiar de mi previsiva amiga por “si acaso”. Al cuarto día de nuestra infructuosa búsqueda la llamé e hice una cita a la cinco de la tarde para ir a ver el lugar que ella ofrecía en alquiler. El viaje de Long Island a Queens fue estresante; era la hora pico en que todos comenzaban a salir del trabajo y el tráfico se movía a paso de tortuga. Pude darme cuenta de que el estilo arquitectónico de las casas sobre la isla era totalmente diferente a la arquitectura de los barrios antiguos de Queens. Cuando llegamos Ana María nos abrió la puerta de su bonita casa construida después de la segunda guerra mundial y aunque se comportó amablemente se mantuvo a distancia y nunca se rio de los chistes que Billy, Liliana y yo hicimos respecto a bajarnos de las nubes y poner los pies sobre la tierra.

La dueña de casa, una joven viuda colombiana muy bonita con pelo rubio y ojos azules nos condujo hacia el sótano. Descendimos por unas escaleras viejas de madera para llegar a la planta baja donde se encontraba la sección de lavandería iluminada por una luz escuálida que hacía el área muy oscura y producía tristeza. No dije nada, pero en el trayecto pensaba que lo que veríamos no nos iba a gustar. Cuando Ana María abrió la puerta del sótano remodelado, una luminosidad embellecida por el contraste con la oscuridad anterior se adueñó del espacio y nos sorprendió positivamente. De lo sombrío pasamos a una sensación cromática muy agradable producida por la pintura beige que había en las paredes y la luz que se filtraba dulcemente por una ventana rectangular estratégicamente situada y una hermosa puerta de vidrio y madera que comunicaba a un patio trasero adornado por materas con muchas flores. Las tonalidades de pasteles hermoseados por la luz exterior y las flores de colores fuertes y alegres que se veían desde adentro nos hicieron enamorar del lugar.

La negociación fue favorable para ambas partes. La dueña y futura amiga ganó dos inquilinas honestas e inofensivas habitando en el sótano de su casa y Liliana y yo obtuvimos un sitio con un alquiler razonable que tenía un gran closet incrustado en la pared, baño y cocina nuevos, y espacio abierto suficientemente amplio para acomodar a dos personas con holgura. A las seis de la tarde cerramos el trato con alegría. El más feliz de todos era Billy quien no tendría que volver a aguantar las cantaletas de su mamá. Nuestro nuevo apartamento situado bajo el nivel del suelo de la calle reflejaría la luz y los colores de la vida de manera diferente en cada estación del año y aunque no tocaba las nubes de Manhattan estaba lleno de vibración positiva y de paz.