Mi 11 de septiembre en NY.
La muerte siempre ronda cerca y aunque se vea venir de lejos se piensa que nunca llegará hasta que se presenta puntualmente en un momento inevitable, a veces completamente inesperado, del que no podemos escapar. El cerebro no responde, el cuerpo expira, el alma viaja y los corazones lloran.
Hace 20 años en el mes de agosto sonó el teléfono de mi apartamento. Contesté el aparato y escuché al otro lado de la línea la voz cantarina de una amiga chilena muy bonita y simpática que era parte del grupo de chicas hispanas que nos reuníamos los fines de semana para ir a cenar a un bonito restaurante o para ir a bailar a una discoteca que tuviera música latina y muchos hombres. Sofía me dijo con su lindo acento chileno que tenía un plan increíble. Una orquesta puertorriqueña muy conocida había llegado a Nueva York e iba a tocar en el bar del restaurante Windows on the World situado en los pisos 106 y 107 de la Torre Norte del World Trade Center. Yo había oído hablar divinidades de este restaurante y bar porque durante un tiempo fue el lugar más consentido y la empresa más desafiante y significativa para los directivos de la cadena de hoteles Hilton para quien yo había trabajado en Colombia durante un año y medio. Nunca pensé que llegaría a visitar este lugar pues era destinado solo para los millonarios y las élites internacionales. De pronto el sueño imposible del pasado se estaba ahora convirtiendo en una fortuita invitación a bailar con música latina en la cima del mundo. El plan sonaba de maravilla, una oportunidad que tenía que aprovechar. Yo ya había ido a visitar el impresionante centro financiero internacional en compañía de un amigo árabe con quien también subimos al observatorio situado en el último piso de una de las torres desde donde admiré por primera vez la magnitud y la belleza de la isla de Manhattan, sentí el poderío de su riqueza financiera y advertí la magnificencia de la arquitectura neoyorquina. Observé rascacielos por todas partes y millones de ventanas detrás de las cuales palpitaba el pulso de tanta gente que trabajaba sin miedo como flotando en el aire a muchísimos metros de tierra firme. Las alturas siempre me han producido una sensación de peligro por lo que consideré a todos los seres vivientes dentro de esos altos edificios unos valientes.
Nuestro grupo de amigas estaba constituido por mujeres de Chile, Ecuador y Colombia. Todas éramos solteras y deseábamos conocer un neoyorquino de pura cepa, con plata y hermosura que además bailara bien la salsa y el merengue y fuera un caballero. Éramos unas chicas exigentes no dispuestas a dar nuestro amor a cualquiera. Windows on the World era el lugar propicio para conocer a un chico que trabajara para alguna de las tantas firmas financieras que tenían sus oficinas en las Torres Gemelas el apodo con que se conocía a las dos edificaciones. El bar del piso 107 era un olimpo de posibilidades. Nos pusimos cita a la entrada de las torres y como parquear en un viernes en el centro de Manhattan era y sigue siendo misión imposible, tres de nosotras resolvimos tomar un taxi para transportarnos. Endosábamos nuestros mejores vestidos y también los tacones altos. Cuando descendí del taxi amarillo miré para arriba y mis ojos vieron dos torres interminables que se levantaban hacia el infinito y terminaban casi que tocando el cielo estrellado de una noche preciosa. Me produjo mareo mirarlas, pero me sentía como una chica ultramoderna, famosa y millonaria que iba a pasar un rato de ensueño; me imaginé los paparazis esperando a la entrada para fotografiar a todos las personalidades que asistían a la fiesta que se celebraba en el centro financiero más prestigioso de Nueva York.
Entregamos las boletas al portero y nos dirigimos a los ascensores que tenían capacidad para llevar muchos pasajeros y ascender por la torre a gran velocidad. En cuestiones de segundo nos vimos catapultados suavemente hacia el piso 106 sin sentir ni una cosquilla en el estómago. Me quedé abismada y maravillada al entrar en un lugar inmenso con decoración muy sofisticada que parecía una casa de cristal de los cuentos de fantasía iluminado por las luces que venían de afuera más que de adentro y desde donde parecía que se podían tocas los otros rascacielos con las manos. No por nada el restaurante se llamaba “Ventanas sobre el mundo”. Nos dirigimos al bar y nos aseguramos los asientos para todas poniendo nuestras carteras sobre ellos. La orquesta apareció casi que inmediatamente y la muchedumbre fiestera comenzó a bailar con entusiasmo al ritmo de los sones conocidos y a cantar las letras de las canciones más populares. En medio de la algarabía del lugar me entró de pronto la tristeza y resolví dejar de bailar e ir a sentarme al bar donde pedí un brandy alexander que en esa época me fascinaba. Aunque el trago estaba delicioso una inquietud se apoderó de mí. Sentía que las torres se movían mientras los bailarines azotaban el piso y lo hacían temblar. Me entró un pánico interior y pensé,” No quisiera estar aquí si hubiese un terremoto o un incendio”. Mientras tenía la sensación de que la torre bailaba, oí una voz que me decía: ¿Por qué no bailas? Volteé a mirar y me encontré con un joven bien plantado de ojos negros inmensos y cejas espesas vestido con camisa y corbata sin chaqueta que me explicó que había apenas terminado de trabajar y que se había venido directamente de su oficina a tomarse un trago y ver qué tal estaba la fiesta latina. Nos pusimos a hablar y le pregunté si él sentía el movimiento de la torre. Sonrió al ver mi cara asustada y me dijo que no me preocupara puesto que las torres estaban diseñadas para moverse con la tierra y no oponer resistencia ni al viento ni a los terremotos. Me calmé y aunque algo extraño me acongojaba el alma conversé con Paul hasta que se acabó la fiesta. Paul era un hombre fascinante pero nunca pude volver a hablar con él porque moriría en el atentado al World Trade Center algunos días después de que nos conocimos. Trabajaba para un banco de inversiones, Cantor Fitzgerald, cuyas oficinas estallaron en llamas cuando el primer avión impactó la torre Norte causando la muerte a 658 de sus empleados. El restaurante Windows on the World perdió 79 trabajadores.
El once de septiembre del 2001 me Levanté como en un día cualquiera, me bañé y arreglé, salí diez minutos antes para comprarme un café en el camino y me fui a la parada del autobús que cada mañana me llevaba al campus de Queeen’s University donde estudiaba y laboraba gracias a un permiso de trabajo para estudiantes. Cuando me subí al autobús me senté al lado de una señora bastante mayor que hablaba de miles de personas muertas en el accidente del avión. “La señora confundió los números
dije para mis adentros. No caben tantos pasajeros en un aeroplano”. “Parece que fue un atentado terrorista”, agregó el chofer. A este punto pregunté sobre lo que había sucedido y no podía creer lo que estaba oyendo. De repente una estudiante que venía escuchando las noticias con audífonos pegó un grito y comenzó a sollozar gimiendo: “Acaban de atacar al Pentágono”. El día estaba divino y soleado pero la tragedia tapó el sol y la historia de todo un país cambió ese 11 de septiembre.
Al bajarme del autobús me encontré con hombres y mujeres que había salido de sus casas mirando hacia el cielo y llenos de miedo. Yo reaccioné del impacto cuando me encontré con un señor de unos cincuenta años, todavía en sus pijamas, llorando y maldiciendo a los terroristas mientras agitaba la bandera de los Estados Unidos. Las lágrimas me escurrieron por las mejillas mientras avanzaba en medio del sonido enloquecedor de las ambulancias y los camiones de bomberos. Todas las unidades habían sido llamadas para reforzar y ayudar en los esfuerzos de rescate iniciados por las heroicas brigadas de policías y bomberos asignados a la Zona Cero.
Desde las ventanas de la oficina del rector de la universidad vimos las Torres Gemelas en llamas, la mancha negra de forma extraña que seguramente se mezcló con las ánimas de los muertos y el desplome de los dos rascacielos. El espacio que hospedaba a las dos gigantes construcciones quedó libre de un momento a otro. Se sentía el vacío físico y espiritual, el dolor inconmensurable y el olor penetrante a humo que duró por muchos días. Nueva York murió el 11 de septiembre, pero la solidaridad y el amor resucitaron por todos lados. La tragedia borró los odios y el egoísmo y por muchas semanas los Neoyorquinos y la mayoría de habitantes de los Estados Unidos se comportaron como bondadosos y compasivos hermanos de sangre hijos de un mismo Dios. Creo que hasta la muerte deseó morirse ese día.

Siempre que leo tus historias me transladan al sitio de los hechos. felicitaciones. Si ese 11 de septiembre quedara plasmado, como un día de terror en la historia de New York
Dora Lucia, esa es mi intención, poder transportar al lector dentro de mis historias. No fue tan fácil describir lo sucedido antes, durante y después de ese día de terror.
Definitivamente tus historias transportan en espacio y tiempo, casi que escurro lágrima leyendo esto… Triste día para la humanidad! 🙁
Nini, yo siempre pretendo transportar al lector adentro de mis relatos. Tienes toda la razón…fue un día muy triste para la humanidad.
Me encanta como describes cada situación, es muy agradable leer tus relatos.
Luz Marina me motiva mucho el hecho de que te guste la forma en que describo mis relatos.
Muy buena tu historia del 11 de Septiembre
María Isabel gracias por tu opinión sobre la forma en que conté este triste evento.
Como siempre relatos muy entretenidos, con un estilo que absorbe al lector.
Francis es un honor contarte entre los lectores a quienes les gusta mi estilo.