El primer día en la tierra prometida.
Una serie de circunstancias desconocidas empezaron a multiplicarse como burbujas de champagne en el preciso momento en que mi vida, hace veinte años, entró pisando enérgica y alegremente en las calles de la Gran Manzana y dentro de la multidimensional y supernatural zona del destino, un destino que también se vino a vivir conmigo a Nueva York, un destino con el que cada uno firma un contrato aparentemente irreversible cuyas cláusulas se olvidan el día en que tocamos este mundo.
Cuando llegué a Nueva York pensé que todo iba a ser muy fácil puesto que mi vida había trascurrido suavemente, con algunos altibajos o tropiezos que nunca me quitaron el entusiasmo de vivir intensamente, aunque muchas veces me hicieron sentir mal y derramar algunos lagrimones. Bueno señores, todo estaba a punto de cambiar para impulsarme a luchar por lo que realmente quería, a apreciar lo que tenía y a aprender lo que no sabía. Existe un Ser Superior que nos pone a prueba antes de concedernos nuestros anhelos y a veces nos hace las cosas de la vida un poco más dificultosas. Los logros de los humanos se parecen a los de un mago principiante que tiene que practicar todos los días antes de poder sacar del famoso sombrero negro la paloma, la baraja de naipes, las monedas, los pañuelos de colores y, de vez en cuando, un conejo hasta que consigue que el público lo aplauda y no se ría de él. Para triunfar se requiere que aprendamos de los trucos de la vida como si fuésemos un ilusionista que desaparece a su compañera después de meterla en una caja pequeña para al final hacerla aparecer en la parte de atrás de la sala de espectáculos ante la sorpresa de la audiencia que no logra entender cómo lo hizo. En otras palabras, todos podemos ser magos e ilusionistas, pero necesitaremos tener disciplina y el deseo de lograr lo que soñamos.
Billy, quien sentía una atracción romántica por mi gran amiga Liliana había prometido recogernos en el Aeropuerto de JFK y hospedarnos en su casa en Long Island hasta que arrendáramos un apartamento en el área de Manhattan; llegó un poco tarde con un todoterreno negro marca Wrangler abierto y sin techo en el que casi no cabemos a causa de tamaño del equipaje. Con Billy y Liliana sentados adelante, yo me encontré atrás encaramada sobre las maletas con el viento húmedo pegándose a mi pelo y a mi cuerpo mientras recorríamos una autopista rápida de cinco carriles; yo rezaba esperando que la policía no nos parara y nos diera una multa o nos llevara a la cárcel porque, como buenos colombianos, constituíamos un peligro para la seguridad de los conductores estadounidenses si una de las maletas salía volando y llegaba a caerse en medio de la carretera donde los autos andaban a velocidad asombrosa.
El admirador incondicional de Liliana a quien después apodaríamos “nuestro ángel guardián” era un hombre encantador, trabajador arduo y muy simpático, de presencia bonachona con una personalidad muy atractiva. Su madre había llegado ilegalmente a los Estados Unidos y gracias a una amnistía presidencial la señora, de armas tomar, logró hacerse residente y traer a todos sus hijos a vivir en la tierra de las oportunidades.
Cuando nos aproximamos a la residencia de Billy nos impresionó su lindo exterior, pero cuando entramos a la casa gigantesca quedamos en shock porque por fuera parecía una mansión desocupada y por dentro se asemejaba a un motel con piscina donde vivía un batallón de familiares. Nunca olvidaré la cara de la madre de Billy cuando él le anunció que Liliana y yo íbamos a hospedarnos con ellos por al menos un par de semanas. La señora sonrió por educación y nos invitó amablemente a tomar un té helado con limón mientras ella se servía un ron para calmarse. Era una mujer campesina, fuerte y sin miedo, cuyas ambiciones e inteligencia la habían sacado del barrio pobre del pueblo donde vivía a la ciudad y de allí al apartamento humilde de un hombre mayor con ahorros y pensión que se enamoró de ella y le propuso matrimonio. Después de la muerte del esposo la joven madre se fue al banco, sacó todo el dinero que quedaba en la cuenta, pagó el funeral de su marido, dejó a sus niños al cuidado de los abuelos y compró un pasaje, una visa de turista y algunos dólares y se vino a los Estados Unidos a trabajar incansablemente por quince años sin ver a su familia hasta que, con la ayuda de un abogado, pudo traer a sus hijos a vivir en la tierra de Micky Mouse para siempre.
La dueña de casa hizo una seña y llamó a su hijo a la cocina para darle una cantaleta, que todos escuchamos, prohibiéndole que volviera a traer a su casa repleta de huéspedes mujeres con pinta de ricachonas y con plata para pagarse un hotel. Billy susurrando le pedía a su madre que bajara el volumen de la voz y le prometió que nos iba a ayudar a encontrar un apartamento en dos días. Al salir de la cocina nuestro amigo, cuya piel era de un color oscuro natural estaba pálido y avergonzado por el espectáculo que dio su progenitora y, sin darse cuenta, tropezó con un juguete tirado en el piso y la bandeja con deliciosos emparedados que su mamá había preparado para saciarnos el apetito salió disparada estrellándose en el tapete de la sala y los sándwiches fueron a parar a la caneca de la basura donde también fueron a parar nuestras posibilidades de vivir en Nueva York sin pagar arriendo por las primeras tres semanas.
Como Liliana y yo nos moríamos de hambre resolvimos invitar a comer a Billy y a su mamá y nos quedamos con la boca abierta cuando una fila de chiquillos y algunos adultos, al igual que en las películas de los Tres Chiflados, desfilaron hacia la salida para ir con nosotros al restaurante más cercano. No tuvimos otra opción que aceptar invitar al batallón porque queríamos agradecer a Billy y a su madre por darnos posada durante las siguientes tres noches. Encontrar un lugar donde cenar se tornó difícil pues satisfacer el gusto de tantos comensales fue dispendioso. La muchedumbre finalmente se puso de acuerdo en ir al Burger King un lugar de comida rápida barata. ¡Menos mal! La francachela y la comilona incluyó malteadas, refrescos, hamburguesas, papas fritas, anillos de cebolla y pasteles de manzana para todos. Casi me desmayo cuando la sonriente cajera vestida con un bonito uniforme azul y gorro del mismo color nos entregó un recibo kilométrico cuyo total equivalía al salario mínimo mensual en Colombia. Como el banquete nos costó un ojo de la cara, esa fue la primera y última vez que invitamos a comer a toda la familia. Me sentí muy agradecida con el universo de que la tropa no hubiese escogido un restaurante sofisticado, como era la intención inicial, ya que la cuenta con un servicio obligatorio del 20% para un grupo mayor de seis personas me habría dado un infarto. Desde esa ocasión convertir de dólares a pesos el precio de cada cosa que compraba se volvió un ejercicio matemático doloroso que continué haciendo por dos meses más.
Cuando regresamos a la casa de Billy su madre me entregó una almohada y una sábana y me llevó a dormir en el piso de una de las habitaciones de las niñas. Liliana durmió en otro cuarto. Exhausta por el viaje y los sucesos caí rendida y dormí como un lirón. El primer día de estadía en Nueva York estuvo lleno de emociones bellas y conmoción inesperada, pero lo volvería a vivir dichosamente sin pensarlo dos veces.

March, esta historia está muy divertida, variada y ajustada a tus increíbles experiencias por el mundo!!!! Adelante!!! Esperamos el siguiente capítulo!!!! 😊🤗
Constanza sin duda habrá otro capítulo!
Muy bueno Margie
María Isabel me alegra que te haya parecido muy bueno.
Cada vez más interesante y divertida 😂
Luz Marina quiero crear interés en el lector de una forma amena.
Genial, esperamos un próximo capítulo, con tus relatos divertidos. Un abrazo
Dora Lucía, me encanta que te diviertan mis relatos.