De Villa de Leyva a Nueva York.
La historia corre como un sonoro río por las paredes, los balcones, las calles y la gran plaza de un pueblo colonial muy famoso en mi país, pequeño e imponente repleto de leyendas y tradiciones, un poblado mágico para descansar y liberarse de la pesadumbre de la modernidad. Han pasado 450 años y Villa de Leyva sigue siendo un pueblo de fantasía. En el silencio de la noche, es fácil imaginar el sonido del trote de los caballos y los desfiles de los soldados criollos y españoles sobre la plaza mayor empedrada. Muchas de las calles del pueblo también son de piedra, pero no así el corazón de sus habitantes porque todos los corazones se visten con la bondad característica de los campesinos de cualquier lugar del mundo. Su contacto con un hábitat natural descontaminado y abierto bajo el cielo los hace muy afables.
A la madrugada todavía se escucha el canto de los gallos, un maravilloso despertar en las poblaciones de antaño que conecta a los humanos con una naturaleza en orden lejos de las calamidades, de los edificios de cemento y del ruido de las alarmas de los relojes. Cuando el presumido macho alado canta, los durmientes no oriundos y de vacaciones suspiran y se dan la vuelta en el lecho para seguir soñando plácidamente en un valle entre la paz de las montañas.
Sentada en mi cama divago con la mente. ¿Debo perseguir el amor imposible? No sé qué hacer. Mientras pienso me llegan las visiones boyacenses. Olfateo de lejos la frescura de las frutas y verduras, la changua, el agua de panela, el tinto, la cerveza, las arepas con queso y la longaniza asada. Veo artesanías, ruanas, sombreros y campesinos que me huelen a tierra indígena, a papa y a cebolla. Me teletransporto a la plaza Mayor de Villa de Leyva la más bonita de Colombia colma de emoción y libertad, homenaje a la algarabía de la vida.
Voy cediendo a la aventura amorosa incierta poco a poco. Después de todo, Villa de Leyva es un centro romántico que cautiva enamorados, un punto de encuentro con la naturaleza estupenda, una ciudadela de adoquín donde la gente fantasea y se aloja en encantadoras posadas para enamorados, casonas convertidas en aposentos llenos de historia, arte y reliquias ancestrales. Las buganvilias trepan por las paredes, colgando de las puertas y los balcones; las calles están adornadas a cada paso con materas de geranios que colorean los sentimientos en un paraíso de montañas, nubes y azul infinito.
La visión serena y linda del pueblo me atrapa, empaco y me voy al encuentro de un hombre mujeriego que me ha invitado a pasar la vigilia de navidad en la finca de sus amigos en Villa de Leyva. “Sin ataduras”, me ha recalcado y como no hay compromiso decido invitar a mi amiga Liliana para que mi hombrecito escurridizo no se pueda quedar ni en el mismo cuarto, ni en la misma cama. ¿Es esta una estrategia efectiva para protegerse de un Don Juan? Definitivamente.
Manejando por entre las montañas de todos los colores los paisajes me quitan el aliento y me siento emocionada por esa maravilla de sendero interminable pleno de hermosura natural. En el camino nos detenemos en un piqueteadero sin lujos, como es la usanza, para comer un almuerzo tardío con longaniza, arepa de choclo dulce y una lata de refajo mientras los autos y flotas levantan el polvo de la carretera al pasar y los rayos de sol iluminan el escenario.
Media hora más tarde, llegamos a la Plaza Mayor favorita de turistas colombianos y extranjeros. Villa de Leyva parece un avispero. Llamo a mi amigo quien se disculpa porque no podrá verme sino hasta la noche. No me menciona que me hospede con él. ¿Cómo así? ¡Qué desplante tan frentero! Bueno, no importa ya que vernos en la noche bajo la luna y los lindos fuegos artificiales hará las emociones navideñas más fuertes y la atracción se tornará más intensa con la espera. Mi amiga Liliana calla no muy convencida de que habrá romance y solo me mira advirtiéndome sin palabras.
¡Qué barbaridad, no hay hoteles disponibles! Finalmente aparece una habitación un poco desvencijada en una casa de familia, a cinco cuadras de la plaza. Maletas en el cuarto, ducha con agua tibia, cambio de ropa y maquillaje nuevo para vernos bellas y caminar por el pueblo encantado para luego cenar en un lindo restaurante entre flores y tapices tejidos en lana de colores, con mesa en un balcón que mira al horizonte y las estrellas. Ordenamos comida típica exquisita, vino para parecer de fiesta y postre una delicia obligada en Villa de Leyva.
A las once de la noche suena mi celular, pero no oigo con el ruido y la música de la plaza. El hombre cuelga y yo inmediatamente lo vuelvo a llamar. El timbre del teléfono suena varias veces mientras mi ansiedad va creciendo hasta que responde y entre gritos me dice que nos vemos después de la medianoche. ¿Y la navidad juntos? ¡Esa era la idea! Más tarde, las agujas del reloj marcan las doce, los pitos y la pólvora retumban y cuando los fuegos artificiales iluminan el firmamento y las rachas de luz caen sobre los espectadores veo a mi amigo parado sobre las escaleras frente a la iglesia como un dios a la espera de su diosa y sonrío. El firmamento oscurece nuevamente y más voladores se disparan hacia el cielo explotando en lindas figuras pirotécnicas y una luminiscencia inmensa y dorada alumbra la plaza mostrándome a mi amigo besándose con una chica que no lo suelta. No es un efecto visual y me siento como pólvora, como dinamita a punto de explotar. Liliana me da una mirada con sus ojos negros entristecidos.
Llega el 31 de diciembre, el día de año nuevo. Otra vez desprogramada y sin fiesta, pero sin ganas de hacer el ridículo de la semana pasada en Villa de Leyva con un mujeriego que no ofrece garantías. Liliana y yo reunidas tomando champaña y brindando mientras vemos por televisión la caída de la famosa bola en Times Square. Las uvas para hacer los deseos se nos olvidaron, pero sacamos las maletas como indica la superstición a quien quiere hacer un viaje. Una oleada de resolución me llega con fuerza al tomar el último trago de la primera copa de champaña. Sirvo una segunda y me la bebo a sorbitos. El año viejo está a punto de irse y despacio verso la champaña que nos queda. Mi intuición se manifiesta clara y sonora como los juegos pirotécnicos y cuando empieza el conteo regresivo le digo a Liliana: “En seis meses estaremos en Nueva York”. Tres, dos, uno. ¡Feliz año! Reímos, serpentinas, confeti, besos y abrazos en Times Square.
Nuestro presente se altera en ese instante y con copas en alto Liliana y yo hacemos un brindis de alegría por Villa de Leyva, el punto de partida, que nos concientizó de la necesidad de una nueva aventura. Con un corazón henchido de esperanza brindamos también a la salud del nuevo año transmutado con un deseo, a la salud de una energía con vibración positiva que cambiará nuestra existencia, y a la salud de nuestro próximo destino sin escalas: la gran metrópoli de Nueva York.

Me gustaron mucho las descripciones de la Villa.
Me transporte a Villa de Leyva, excelente descripción. Vamos a ver que pasa en New York.
Me hiciste transportar a la hermosa Villa de Leiva, uno de los pueblos más lindos de Boyacá, el departamento que enamora por sus paisajes, su historia y sus leyendas, cuna de grandes personajes de Colombia.
Describes muy bien Villa de Leiva.
Esa era la intención ya que muchas personas conocen la belleza de Villa de Leyva.
Un magnífica descripción de Villa de Leiva. Uno se transporta en la historia y los relatos muy entretenidos……
Mi objetivo era que el lector se transportara a Villa de Leyva. Me alegra que te haya entretenido.
Esta mañana al cafe, viajé sin fronteras! Que bonita descripción!
Gracias Monica. Viajar sin fronteras es lo que yo deseo que hagan mis lectores mientras toman un café o un vino.