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Roma un desvío de improviso.

Los espejos tienen secretos y guardan el tiempo dentro. Hay los de vidrio que se rompen, los de agua de un río y los de los ojos que, según dicen, son del alma. Al pararnos frente a un espejo deberíamos escudriñar no solo nuestra imagen sino también otros misterios y maravillas invisibles que se esconden en su interior. La prueba del espejo es algo que atemoriza a las mujeres, más que la rotura del cristal y los años de mala suerte que la superstición desencadena. Los hombres le temen menos a su reflejo en el vidrio porque poseen la practicidad de aceptar lo que ven y no le ponen tanta tiza ni a la panza ni a las llantas y se inquietan solamente cuando empiezan a quedarse calvos.
Es riguroso el examen al que nos sometemos para descubrir si endosaremos orgullosos el traje de baño para las vacaciones. En la playa o en la piscina a la mayoría nos gusta lucir bien. Sin embargo, siempre se encuentran personas audaces de ambos géneros que les importa un bledo cómo sus carnes fofas bailotean mientras recorren ese sendero interminable entre el agua y la sombrilla de sol o la silla enterrada en la arena. Esos seres con curvas extra abundantes que endosan el traje de baño con coraje son personas de admirar y de agradecer. Muchos de los espectadores, al echarles un vistazo, pierden su propia vergüenza y se sienten divinos por comparación. Los intrépidos bañistas nos hacen sonreír o abrir la boca con incredulidad cuando son golpeados por las olas y patalean en la orilla como si estuvieran en el fondo del mar. Después del sólito revolcón se quitan el pelo de la cara y, enceguecidos por el agua salada, se olvidan de ajustarse el vestidito y tapar aquellas partes que la marejada dejó al descubierto. “Oh no”, dice nuestra mente. Muchos pierden sus trajes en la piscina cuando de un brinco poco ágil esparcen agua que salpica al mundo entero. El agua al humedecer la prenda de los arriesgados bañistas resalta todos los excesos y defectos que deberían permanecer escondidos. ¡Ni hablar de la tirada del trampolín! Por eso hay que escoger bien el traje de baño. Hay mujeres con bikinis en los que no caben y hombres con pantalones de baño que cuelgan bajo la barriga a unos milímetros de que se escurran y expongan sus partes prohibidas. Solo aquella gente con figura decorosa debería atreverse a andar con los mini trajes de moda, pero es asombroso ver que a muchas personas jóvenes y viejas les tiene sin cuidado su apariencia porque a cierto punto han decidido que es mejor aceptar la imperfección o el deterioro del cuerpo que privarse de gozar de la delicia de estar en el agua sin preocuparse de nada más.
Se estaba aproximando el mes de julio y el espejo me devolvió la imagen de unos brazos bien torneados con piel suave, un busto firme, un trasero curvilíneo, una cintura delgada, nunca tan pequeña como la de mi madre, cero gordos, un estómago liso, aunque no totalmente plano y, por desgracia, unos muslos gruesos que nunca se han ajustado al resto de mis medidas. Pero lo que más me molestaba era que mis rodillas se veían rollizas. Por unos años tuve piernas muy bonitas, pero de las quince a las diecisiete primaveras mis rodillas y muslos aumentaron de tamaño tal vez porque me fascinaba comer. Gracias a Dios la parte debajo de las rodillas ha sido siempre atractiva. De todos modos, me fue imposible competir con las espectaculares piernas de mi hermana en minifalda. Yo solamente me ponía falda corta cuando tenía las piernas bronceadas porque el color oscuro de mi piel las hacia parecer más agraciadas. Poco a poco, como los intrépidos bañistas, me fui acostumbrando a tener unas rodillas regordetas en contra de los estándares de belleza. Antes de las vacaciones solía hacerme masajes para mejorar su apariencia y para mantener los muslos firmes. Desde hace años me aterroriza la posible flacidez de esta parte de mi cuerpo y por eso les he dado mantenimiento frecuentemente.
Mi mamá que siempre fue delgada no podía aumentar de peso porque esto le hacía doler la espalda a causa de problemas con un disco en la columna. Así que ella siempre estaba al tanto de los últimos métodos para mejorar la figura. Un día comenzó el procedimiento con parafina que se estilaba y me sugirió hacerlo también porque parecía efectivo. Además, había conocido a Daniela una chica de origen italiano con una cara preciosa, una risa cantarina y una figura sensual que según mami debería ser mi amiga porque la intuición le decía que así tenía que ser. Como me pareció buena idea perder algunos centímetros antes de irme de vacaciones a la playa acepté la invitación de conocer a “la chica italiana” y de comenzar con los envueltos calientes con una sustancia para hacer velas. Tal como lo predijo mi madre, Daniela y yo entablamos una amistad inmediata que nos haría inseparables por años y que me llevaría a aprender el italiano. Escogíamos camillas aledañas cubiertas con yardas de plástico donde las asistentes del centro de belleza nos hacían recostar y nos untaban todo el cuerpo, excepto la cara y el cabello, con una cera caliente derretida que olía rico y causaba una extraña sensación de bienestar al contacto con la piel. Acto seguido nos envolvían como tamales con el plástico y nos tapaban con varias cobijas de lana gruesa para ponernos a sudar por espacio de cuarenta y cinco minutos. A veces Daniela y yo nos sentíamos como en una rosticería y, en vez de echar humo como pollos calcinados, hablábamos sin parar lo cual nos distraía y nos hacía la tortura llevadera. La italiana y yo éramos parlanchinas una cualidad que nos mantuvo vivas cuando el mundo parecía derretirse y a mí me venía la claustrofobia; mientras tanto mi mamá en silencio con calma de gurú escuchaba divertida nuestra cháchara interminable.
Después de sudar la gota gorda venía la segunda parte del tratamiento. Nos llevaban a una sección donde nos quitaban el plástico con parafina y nos envolvían de nuevo, esta vez con vendas más frías que el propio hielo. Era como pasar de la lava del volcán del Vesubio a la superficie helada del Polo Norte. Y mientras tiritábamos del frío que nos penetraba hasta los huesos, Daniela continuaba hablándome de Italia, de la comida, de las tradiciones, de los hombre buen mozos, del amor, de la música, de los paisajes, del cine, del arte, de la arquitectura y la moda. Me enamoré de todo lo que me contó mi amiga. Y así de sopetón me nació la idea de viajar a Italia y quedarme allí por seis meses. Yo había visitado Milán por dos días de regreso de un viaje a Londres, pero no tuve la oportunidad de vivir y saborear todas esas cosas estupendas que me contaba mi compañera de horno crematorio y de refrigerador.
Al año siguiente me fui a Francia para mejorar mi francés porque lo necesitaba para hacer relaciones públicas con mis clientes. Durante dos años pospuse mi viaje a Italia hasta que se llegó el momento justo para renunciar a mi trabajo y volar libremente. En ese tiempo Daniela tenía un novio que yo le presenté y que era de la India o Pakistán, no recuerdo exactamente. Era un hombre chévere, muy querido y un gran ejecutivo del banco donde yo trabajaba. Ambos estaban contentos con su relación hasta cuando llegó la madre del consorte y se tiró el romance. No estoy segura si la señora de pelo rubio, guapa, artística y elegante era inglesa nacida en India o india nacida en Inglaterra o casada con un inglés, en fin… Su hijo era su tesoro y su esposa debía ser hindú. Las cosas se dañaron para mi amiga católica y una semana antes de que yo viajara a Italia me dijo, “Me voy contigo”. Me puse feliz como una lombriz por la compañía y porque, además, no tenía que buscar hotel en una ciudad que no conocía pues los padres de Daniela eran dueños de un antiguo apartamento con terraza comunal en un barrio central de Roma. Compramos los pasajes de avión y nos fuimos de Colombia rumbo a la Ciudad Eterna donde la estadía de pocos meses se convirtió en siete años.
Me viene a la memoria ese día en que me miré al espejo y solo vi mis muslos gruesos y mis rodillas rollizas sin notar que en el país de los espejos estaban escondidos giros imprevistos de mi porvenir con caminos que, a fin de cuentas, me conducirían a Roma.