El millonario y yo.
Para decidir dónde ir de vacaciones corté varios pedazos de papel y en cada uno escribí el nombre de una ciudad que me gustaría visitar: Miami, Roma, París , Río de Janeiro, Nueva York, Madrid, Buenos Aires, etc. Los metí dentro de un frasco de vidrio que en el pasado había contenido mi mermelada preferida, la de mora. Cerré los ojos y con cautela extraje al azar uno de los papelitos mientras mi corazón latía nerviosamente. Lo desdoblé despacio y leí con curiosidad lo que estaba escrito: Washington.
Mi primer viaje a esa ciudad me iba a dar una oportunidad única que yo desperdiciaría debido al atolondramiento de la juventud. Me hospedé con unas primas de mi padre, dos mujeres muy queridas, grandes anfitrionas y aventureras como yo. Trabajaban con famosos organismos internacionales en el centro de Washington. De lunes a viernes salíamos temprano en la mañana, las hermanas a trabajar y yo a turistear. Me emocionaba viajar en su carro descapotable porque me sentía como si fuera una actriz de cine. Casi siempre hacía un sol divino. Disfrutaba con emoción la brisa mañanera que me azotaba la cara, me alegraba el alma y me despeinaba la cabellera.
En el camino nos tocaba cruzar un puente sobre el río Potomac. Al pasar al otro lado se abría un horizonte de belleza con edificaciones pintadas de blanco y calles adornadas de imponentes monumentos. El centro histórico parecía guardar con recelo los secretos de la leyenda de un país muy poderoso. Se me llenaban los pulmones de un oxígeno diferente y mi ánimo se inflaba con ligereza. No podría describir exactamente la sensación de deambular por Washington, una mezcla de excitación y esnobismo con un soplo de misterio.
Como no tenía afán de nada, me encantaba sentarme en un café a ver pasar los transeúntes. Una fascinación que ha perdurado hasta la fecha. Es un pasatiempo interesantísimo si se tiene el lujo de poder derrochar el tiempo. Me ponía a adivinar la personalidad de los que cruzaban frente a mí. Los extrovertidos pisaban con paso firme y mucho ritmo. No faltaban aquellos que tenían problemas del espíritu y los que caminaban como marionetas pendiendo de un hilo. Identifiqué a los nerviosos por su velocidad al moverse y sus rostros alterados. Localicé hombres y mujeres enamorados y ciertos amantes en dificultades discutiendo en las esquinas. Todos los días un conglomerado de individuos fascinantes de todos los colores desfilaba ante mis ojos.
Las aceras, los parques y los restaurantes estaban siempre llenos de turistas. Yo elegía un sitio turístico famoso para conocer cada día. Me impresionó ver miles de tumbas en fila perfecta en el cementerio de Arlington y era una delicia pasear por el barrio de Georgetown, mi favorito, lleno de casas antiguas con lindos portones de colores. Washington era el lugar preciso para encontrarse con un príncipe azul moderno, culto y adinerado. El cosmos me dio un regalo. En un perfecto mediodía de otoño conocí a James Barkley Tercero.
Era lunes y me lo encontré al salir de visitar la Catedral Nacional. Yo, sin apurarme, descendía las escaleras y lo vi. Era muy atractivo y noté que le sonreía a alguien. Miré para atrás y no había nadie. ¡James estaba coqueteando conmigo! Se recargaba contra su carro deportivo comprado para impresionar. Parecía un modelo salido de una revista. Vestía un traje negro de corte inglés confeccionado con paño fino de caída perfecta. Tenía una camisa blanca, corbata de seda y zapatos finísimos. Cuando extendió su mano para presentarse noté sus mancornas con monograma. James, además de poseer la figura ideal de un hombre de 26 años, era muy carismático.
El hombre quedó hipnotizado conmigo, una turista colombiana, alta, bonita, con curvas, vestida a la moda, con una gran sonrisa y un caminado aprendido en clases de glamur. Hablar el inglés fue mi as en la manga. James me invitó a almorzar a un restaurante vecino al río Potomac. Era Imposible pasar por alto el fondo de agua azul y el ambiente romántico del lugar. El tiempo pasó volando. De pronto sonó en mi mente el campanazo de la hora acordada con mis anfitrionas. Vendrían a recogerme a las cinco de la tarde al sitio escogido, parte del ritual establecido. Cual cenicienta tuve que abandonar a James. Tenía que ir al encuentro de mi carroza y así lo hice sin perder mi zapatilla. ¿Y el príncipe? Me pidió mi número de teléfono. Con una alegría incontenible, salté dentro de la calabaza convertible que me esperaba.
El martes nos vimos en Georgetown. Alquilamos bicicletas y lo impresioné con la facilidad con que conducía gracias al entrenamiento intenso que tuve en mi niñez. Recorrimos el Mall y visitamos el Museo Nacional de Historia Natural. La gente nos miraba pues hacíamos una gran pareja. Compramos helados de vainilla y chocolate. Nos besamos. Mariposas de colores.
El miércoles James me invitó al Kennedy Center para ver un director de orquesta famoso cuyo nombre no recuerdo. Mientras las notas de música clásica llenaban el ambiente y el director sudaba voleando su batuta, James me agarró la mano y me apretó los dedos con fuerza. Ambos sentimos el paso de corriente eléctrica. Llegaron los aplausos y las ovaciones. Se prendieron las luces, pero James y yo seguíamos embelesados con nuestra propia sinfonía. En el camino de regreso, nos detuvimos a mirar las estrellas en silencio. Amor en el aire.
El jueves almorzamos en un restaurante exquisito de Old Town Alexandria, un pintoresco distrito histórico sobre el río Potomac. Nos acariciamos con la mirada y paseamos como enamorados embrujados. Nos dimos un beso en cada esquina, como suspendidos en el aire, y montamos en el tranvía sin soltarnos. Fue un día inolvidable. Química total.
El viernes cenamos en un restaurante grill cerca de la Casa Blanca y punto de reunión de los famosos de Washington. Me sentía linda, pero a James no le gustó mi vestido. Debería haber sido más lujoso fueron sus palabras de rico impertinente. Cuando se acercó para abrazarme, yo me aparté. Estaba molesta. ¡Me había gastado una fortuna en el vestidito! Luego comenzaron las conversaciones intelectuales y el vino volaba de copa en copa. James orgulloso de mi desenvoltura me agarró por la cintura y me atrajo hacia él. Me miró arrepentido y me susurró al oído, “lo siento, te ves preciosa.” Tuve que perdonarlo. Me llevó a mi casa y antes de bajarme del auto me disparó la sorpresa. “Mañana tenemos fiesta en la Casa Blanca. Te recojo a las siete de la noche”. ¿Qué? Mi mente quedó en blanco. No pronuncié palabra. ¡No tenía que ponerme! Pánico de mujer.
El sábado me levanté temprano. No había podido dormir pensando en la bendita fiesta. Un baile en la Casa Blanca era un gran evento. Me hallaba sin vestido, sin zapatos, sin cartera y sin dinero para competir con la finura de las vestimentas de la “cream of the crop” de la sociedad americana. Me fui de compras. Gastarme una gran suma de dinero en un vestido de diseñador me pareció un derroche innecesario. Tomé la decisión, no iría. Por la tarde llamé a James. Me contestó feliz. Le di la noticia e inventé que estaba enferma. La frialdad de James congeló el aparato telefónico. Colgamos. Me quedé inmóvil. Después de unos segundos de pausa mi vida continuó. ¿Fui una idiota?
El domingo me levanté optimista, pero con un extraño presentimiento. Descolgué el teléfono de mi cuarto varias veces para asegurarme de que funcionaba. James no llamó. ¿Con quién habría ido al gran baile? Le sobraban las opciones. No sabía en ese entonces que hay cosas que los hombres no perdonan y que los desenamoran en un instante. Inexperiencia de veinteañera.
Al día siguiente lo llamé a su bufete de abogados. Esperé en la línea con zozobra. Su secretaria una chica con una voz encantadora me dijo, “I am sorry, Miss Mosquera. Mr. Barkley no quiere hablar con usted”. Fue un dardo directo al corazón, pero no me lo despedazó.
No conocí al presidente de los Estados Unidos ni bailé en la Casa Blanca. El millonario y yo vivimos unos días de lo que pudo ser, pero no fue. Una invitación insospechada modificó el resto de mi viaje existencial sobre este planeta. Se derrumbó mi castillo de naipes cuando el destino metió la mano y sacó una sola carta para colapsarlo todo. No obstante, el frasco de mermelada continuó ahí en el sitio donde lo había dejado con muchos papelitos que habría de desdoblar durante el curso de mi vida.

Me encantó Margarita. Me trae recuerdos en común muy atesorados en mi alma. El relato es delicioso….
Gracias. Precisamente mi intención era traer a la memoria las agradables experiencias que muchas personas, de una u otra forma, han vivido en la linda y pintoresca ciudad de Washington.
Fascinantes esos relatos que divierten y entretienen. A veces el daltonismo puede hacer ver príncipes azules por todas partes…… Es algo que a todos nos ocurre……
Si a veces sufrimos de amores «daltónicos» y los príncipes o princesas desaparecen.
Me encanto !!!
Los príncipes azules cambian de color por una u otra circunstancia, jejeje divertida historia. Un abrazo
Muchos príncipes azules aparecen pero la vida no los quita y se los da a otras hasta que llega el nuestro.
Los príncipes azules siempre «encantan». Me alegra que a ti también te «encantó.»
Belleza de historia Margarita, ya decide hacer el libro.. me encantó tú llegada al país de los sueños y la historia del caballero millonario guauuuuu, maravillosooo
Me gustó mucho Margie
Me alegro muchísimo que te haya gustado porque quiere decir que la conté bien.
Buenísimaaa la historia, lástima el final…….
Me alegra que te haya gustado la historia. Creo que el final ya estaba escrito por el destino.
Fantastic Marguerita such descriptive images written so perfectly….the stories are so original and entertaining…keep them coming!!
I am so happy that you liked my descriptive images. I want the reader to see what is happening. Each story is a real dipiction of my life experiences. I really met the millionaire and skipped the invitation to go to the White House for a party and meet the president of the USA. Can you imagine? It would be an honor if you kept readig my blog.