La bicicleta mágica.
“El Niño Dios no trae los regalos de navidad, son los padres”, le dijo un chiquillo a mi hermano a los diez años. Era una noche de diciembre cuando Francisco entró en la habitación que mi hermana Constanza y yo compartíamos. Nos contó la sorprendente noticia. No le creímos. Él insistió. Nos propuso la estrategia de convertirnos en detectives. Se acercaba la vigilia de navidad y, seguramente, los regalos estaban escondidos, camuflados. ¡Teníamos que encontrarlos!
Las muchachas del servicio oyeron nuestros planes. Nuestros padres se enteraron. Llevaron todos los regalos a la casa del vecino. Un soltero a prueba de niños. Buscamos por todos lados. No descubrimos nada. Nos dimos por vencidos.
Gran sorpresa el veinticinco de diciembre. Debajo del árbol de navidad encontramos dos bicicletas. Una verde para mujeres y una negra para hombres. Eran grandísimas. Imposible no haberlas visto. ¿Salidas del sombrero de un mago? No, milagro de navidad. Volvimos a creer en el Niño Dios. La sagacidad de los adultos funcionó. Nos preservó la inocencia navideña por otro año.
Mi papá, Fernando, era un hombre práctico. Compró bicicletas eternas de marca Monark. Nos duraron toda una vida. Tenían un tamaño monumental. Difícil de manejarlas. Constanza la menor no pudo. Francisco y yo testarudos. Nos accidentábamos todos los días. Rodillas peladas, golpazos a la bici, codos con raspaduras y cuerpo magullado. Mi madre se quejaba con mi padre: “¿Fernandito, por qué no compraste bicicletas para niños? ¡Se van a matar!” Y corría a buscar las tiritas de esparadrapo, la gasa, el agua oxigenada y el ungüento con yodo. Cargar los aparatos se convirtió en un gran desafío para dos chiquillos. Había que bajar y subir con las bicicletas, tres pisos. ¡Uf! Pesadísimas. Escaleras que no terminaban nunca. Sudábamos la gota gorda.
Nos acostumbramos a pedalear parados. El asiento estaba muy alto. Mi madre, Mariela, nos observaba desde el balcón. Sufría. Mi padre, en cambio, se paraba a su lado, tranquilo. Mientras fumaba pipa nos gritaba: “¡Cuidado, no se distraigan!” Ni los carros de la carrera séptima pudieron con nuestra determinación. Finalmente, cuando llegábamos, mami abría la puerta y nos abrazaba. Estábamos vivos. Mi papá nos miraba. Luego se sentaba a seguir fumando pipa. Inhalaba una bocanada de humo. Se veían las chispitas de la picadura al quemarse. Luego exhalaba lentamente. El espacio quedaba perfumado. Pacho y yo éramos unos valientes. Milagrosamente nunca nos pasó nada grave. La bicicleta negra duró cuarenta años. La llamábamos cariñosamente “el burro”. Pienso que por lo grande, fuerte y duradera. Recuerdo indestructible de la niñez.
Adelantemos la película unas décadas. Nueva York. Quería comprar una bicicleta. Estaba muy cara. No podía malgastar los dólares. Anhelaba quedarme a vivir en la Gran Manzana. El pago del arriendo, las cuentas del teléfono, la comida y el TV cable tomaban la precedencia. Nada, a seguir a pie. Le conté de mi imposibilidad al amigo de Sandra mi compañera de sótano con ventanas. Al día siguiente el hombre se apareció con una bicicleta vieja que se había encontrado tirada como basura en una calle de Long Island. Tenía una edad avanzada, pero era suave al conducir. El mejor regalo. ¿Un milagro de mi infancia transportado al presente? La bicicleta funcionó perfectamente hasta que me compré una nueva como resultado de un llamado de mi vanidad. Quería verme más joven, más moderna y menos pobre.
Conservé mi antiguo y amado vehículo de dos ruedas por gratitud. Descansaba en el patio de mi humilde vivienda en Queens. Lo merecía. Le dije adiós el día que se la regalé a un joven argentino que había venido a Nueva York en busca de un mejor futuro. Su bicicleta se la habían robado en una calle del Bronx. Iba a perder su trabajo como mensajero. Estaba desesperado porque no tenía dinero para comprarse otra. Le conté de mi vieja bicicleta que todavía funcionaba. No le importó su condición y vino a recogerla. La miró sorprendido. Imagino que le pareció horrible, pero la necesidad apremiaba. A caballo regalado no se le mira el diente. Probó el velocípedo y le encantó. Como a mí.
Suspiré con una profunda tristeza porque en ese preciso momento sentí que mi antigua bicicleta cumpliría su última misión. Sonreí con nostalgia al ver al gaucho -ahora un vaquero con caballo- voltear la esquina. Desapareció en la bruma de la lejanía, mientras pedaleaba alegremente, lleno de esperanza. Una brisa dulce me llegó del cielo. La magia rodó nuevamente. Para el argentino y para mí.

Un relato hermoso donde para mí, prima la ternura. Me encantó leerlo.
Si, fue una historia tierna de mi vida. Si nos hubieras visto buscando las bicicletas los días antes de navidad y, después, subiendo y bajando las bicicletas tres pisos te habría encantado nuestra perseverancia de chicos invencibles. La parte en que le regalo mi bicicleta vieja al chico argentino me conmovió en la vida real porque le trajo esperanza al gaucho desesperado y a mi me recordó la gran satisfacción que se siente cuando se ayuda a una persona aun cuando esto signifique desprenderse de algo muy preciado.
Me encanto el desarrollo de la historia. Buenos recuerdos de esa época. Yo conservo de cariño la “burra” de papi. Como complemento, más adelante si logré montarme en esa bestia!!!! 😅
Me gusta que te haya encantado leer esta relato y que te haya parecido una historia tierna porque eso fue para mi. La importancia de una bicicleta que en la niñez me enseno a no darme por vencida, a perseverar. De verdad fue el regalo inesperado mas importante que recibí en mis primeros meses de mi estadía en Nueva York. Aun amo montar en bicicleta.
Tu eras igual de valiente a nosotros pero fue imposible para ti montar la bicicleta, aunque lo quisiste, porque era difícil para ti aguantar el peso de las bicicletas ya que estabas muy pequeña. Jajaja. Si, cuando creciste te pudiste montar en «la bestia» y además la heredaste.
Que bonita historia de infancia, yo creo que todos guardamos recuerdos de estas bicicletas Monark, en esa época para los chicos era como tener un vehículo último modelo .
Si era un privilegio tener bicicletas Monark y era una aventura aprender a manejar ese vehículo ultimo modelo.
Hermoso y sencillo, como lo es todo lo valioso en la vida
Así es Daniela. Lo sencillo es siempre hermoso.