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Llegada a Nueva York.

Ciertas cosas en la vida no suceden al azar, pasan porque tienen que pasar, son inevitables para aprender una lección,  modificar algo que no está bien o destruir algo que no nos conviene. En los instantes de crisis florece el deseo de cambiar y el cambio al que le tenemos tanto miedo conduce a la realización de que hay que seguir soñando porque el que no sueña muere poco a poco.
Como lo relaté en mi escrito previo “De Villa de Leyva a Nueva York”, elegí hacer un viaje para renovar mi vida a causa de un romance fallido durante las fiestas de fin de año con un mujeriego colombiano que en un abrir y cerrar de ojos me cambió por otra. Ninguna sorpresa, yo era una más de su lista, la boba de emergencia, la llanta de repuesto, con bajo potencial para ser su novia y la tonta que se atrevió a jugar una partida de ajedrez que perdería inexorablemente por superficial y testaruda. El resultado en este caso fue la migración a Estados Unidos con mi amiga Liliana lo cual se convirtió en una bienaventurada decisión a pesar de que el motivo partió de una frustración existencial. No hay mal que por bien no venga.
Pasaron seis meses de frenesí; se hizo la planeación del viaje, la renovación de la visa en la Embajada Americana, una tortura, los contactos con amigos en Estados Unidos, la renuncia al trabajo, el arriendo de mi apartamento, la venta de mi carro nuevo a un gran cliente, el padre de Liliana un hombre muy internacional con mucha experiencia viajando por el mundo que entendió totalmente la razón de nuestro viaje tempestuoso y nos auguró lo mejor en materia de amoríos. Compramos pasajes sin escalas, de Bogotá a Nueva York por Avianca y nos hicieron fiesta de despedida con los platos colombianos preferidos y los amigos y familiares más queridos. Salimos del aeropuerto El Dorado y cuando el avión despegó también despegaron nuestras ilusiones, un exceso de pensadera y un poquito de miedo.
Más tarde sirvieron la cena y fue una pausa agradable para calmar el nerviosismo que produce lo desconocido y que se manifiesta cerca del corazón generando una angustia que acelera la respiración y produce una sensación de inquietud en el pecho. Cuando un viaje es largo la ida al baño “perfumado” para estirar las piernas es un momento de rigor que detesto por el olor y la falta de higiene en los retretes y porque siempre le he tenido pavor a que me coja un vacío o una tempestad mientras estoy en ese closet con lavabo pequeñito e incómodo que puede ser arrancado del fuselaje del avión en cualquier segundo. A pesar del cansancio nunca puedo dormir en los aviones y mientras el señor sentado a mi lado no dejaba de roncar me vi dos películas mientras que Liliana se leía un libro sobre extraterrestres.
Transcurrieron cinco horas y a las seis de la mañana inició el descenso hacia el aeropuerto internacional de John F. Kennedy. La azafata hizo los anuncios usuales de ponerse los cinturones de seguridad, enderezar el espaldar al igual que la vida y apagar las luces y los pensamientos; el avión comenzó a descender y mi paz también pues a pesar de haber viajado tanto no me considero sana y salva hasta que me bajo del aparato y salgo del aeropuerto. Para tocar tierra en la gran manzana hubo que bajarse de las nubes del cielo y de la mente y cuando el avión aterrizó se escuchó el aplauso de algunos pasajeros, un aplauso que es talvez una manifestación de alivio. Antes de que el avión se detuviera la gente se paró para bajar las maletas del compartimento y los auxiliares de vuelo por el altavoz decían: “Por cuestiones de seguridad los viajeros deben permanecer sentados hasta que el avión se detenga”, una certera recomendación que nunca se obedece. Los pasajeros como abejorros afanados se lanzaron a sacar los maletines atascados, apareció la viejita que no puede bajar la maleta y el caballero alto que siempre se para a ayudar, las parejas con niños llorando, los recién casados en luna de miel quietos mirándose a los ojos, viajeros con equipaje de mano de tamaño normal y otros con bultos gigantes, que son siempre los primeros en pararse y obstruir la circulación por los estrechos pasillos de la nave. El espectáculo en los aviones de Avianca es una caricatura fiel de la personalidad y el relajo fiestero de los colombianos de turismo o de regreso.
Liliana y yo permanecimos sentadas sin afán mirando el despelote y esperamos que la zona de combate se despejara hasta que . finalmente, el camino quedó libre; inhalamos un nuevo aire, nos paramos y nos fuimos al encuentro de lo que debería ser pasando por la salida donde nos entregaron el café y el aguardiente que traíamos de regalo. ¡Cuánto hubiese dado por un trago en ese crucial momento! Dijimos adiós a las azafatas y tomamos la senda hacia el futuro caminando sobre una plataforma que temblaba a nuestro paso al mismo tiempo que vibraban nuestras emociones.
Arrastramos la maleta de mano con rueditas por los corredores interminables del aeropuerto que parecía un panal de abejas con hombres y mujeres que entraban y salían de los baños, anuncios por los altoparlantes, tableros con los itinerarios de salida y de llegada mostrando las aerolíneas del universo en una danza del tiempo y los números de vuelo. En el andar percibimos idiomas diferentes, personas de negocios, jóvenes, parejas y familias, algunos de vacaciones y otros, simplemente, de viaje. Los aeropuertos tienen un hechizo inexplicable, una luz específica y un olor a libertad donde existe un eco cautivante que viene del ruido de tantos corazones.
Caminamos hacia las filas de inmigración, las más largas para turistas y otras exclusivas para diplomáticos, ciudadanos, tripulación y residentes. Miles de personas de todo el mundo reunidas y respirando en un mismo sitio con policías y centinelas dirigiendo el tráfico humano que incluye inmigrantes asustados. En la ventanilla número ocho estaba esperándonos una mujer con cara de torpedo y como Liliana presintió algo gracias a que su intuición estaba al máximo cambió de fila y yo, sin dudarlo, la seguí a la ventanilla cuatro donde un funcionario con rostro de ángel serio nos indicó que nos acercáramos y nos hizo las preguntas capciosas acostumbradas. Como era muy amable y guapo, el miedo disminuyó, le sonreímos y las verdaderas intenciones no pudieron verse en las pupilas, ni en las manos sudorosas y tampoco en el nerviosismo sentado en el estómago. Teníamos la codiciada visa múltiple y veníamos con la secreta determinación de quedarnos por varios meses. ¿Sería posible? El gringo rubio nos miró presintiendo algo, pero obedeció a la conexión entre su juventud y nuestros sueños estampando nuestros pasaportes enérgicamente con un sello de tinta negra que indicaba una estadía autorizada de seis meses.
¡Aleluya! A recoger el equipaje con ganas de bailar. Entregamos los formularios diligenciados en el avión a los agentes de la aduana y llegó el fin del estrés. Nos aproximamos a la salida, se abrieron las puertas automáticas y con paso firme pisamos la calle pasando del aire acondicionado del interior del aeropuerto a una mañana sin brisa, caliente y con una humedad que se pegaba al cuerpo. Había una fila larguísima de taxis de turismo y muchos otros amarillos trayendo pasajeros. Los silbatos de los policías de tráfico perforaban nuestros oídos y un gentío alborotado corría por todas partes cargando maletas y despidiendo o abrazando gente. Una sonrisa se dibujó en todo nuestro ser. Nueva York en verano.