El tenis y la soltería.
Amparo y yo éramos las compinches perfectas ya que estábamos dedicadas a la pesca del hombre ideal. Trabajo arduo que necesita una alta dosis de persistencia. Divertido, sin embargo. Los fines de semana nos poníamos la indumentaria de cacería, muy femenina. Nos íbamos para el club social. Jugábamos al tenis por muchas horas. Elsa Rodríguez, la campeona colombiana de tenis era de mi familia. Había que jugar bien. Mi tía de Miami me entrenó bien. Amparo, en cambio, era una mala jugadora. Superaba su ineptitud con una persistencia admirable.
Nos veíamos muy atractivas con los vestiditos cortos. Los hombres que brincoteaban en las canchas aledañas no podían resistir darnos una mirada o un consejo relacionado con el servicio o el revés, el seguimiento de la bola con los ojos, los ejercicios para el desplazamiento, la sorpresiva aproximación a la red, el correr hacia adelante o hacia atrás, el servicio contundente. Nos enseñaban cómo sostener la raqueta y el estilo para recoger las bolas. Nosotras: encantadas.
Era fácil llamar su atención. Nos hacíamos las brutas. Nuestra ignorancia aumentaba según la belleza del sujeto. Si era buen mozo, nos escurría el sudor del analfabetismo tenístico. Si los vecinos deportivos valían la pena, las pelotas de tenis iban a diestra y siniestra obviamente fuera de nuestra cancha. Caían en el campo masculino contiguo. Juego de conquista. Pedíamos excusas. Atravesábamos su cancha con coquetería. Los vestiditos se movían sinuosamente. Les interrumpíamos el juego. No les importaba. Dos mujeres bonitas nunca estorban en la mitad del campo de tenis.
Cuando nos invitaban a jugar con ellos nos transformábamos. Yo utilizaba la potencia de mi revés. Era muy certera en la defensa. Los despistaba. Amparo tenía un servicio lento. El oponente lo contestaba aburrido y la pelota se quedaba en la malla. Pataleo masculino. No les gustaba perder. Entonces dejábamos que los chicos recuperaran la autoestima. Perdíamos rápido. En los partidos de dobles Amparo y yo siempre en el equipo opuesto. Jugábamos con mucha pasión. Había que hacer ganar a los compañeros. Fórmula perfecta. Los hombres son muy competitivos.
Nos volvimos muy populares. El muchacho que asignaba las canchas era nuestro cómplice. Nos daba la mejor. Preferiblemente cerca de los solteros. Siempre lejos de las otras mujeres. Algunas veces cuando no había turnos disponibles, nos sentábamos a mirar el juego de los célibes con mayor potencial. Aplaudíamos por cada punto. Los animábamos como porristas. Ayudábamos al muchacho recogebolas. Les pasábamos agua. Llevábamos el conteo del puntaje. Les alcanzábamos las toallas. Y ellos corriendo como pavos, de un lado al otro, para impresionarnos.
Después de los partidos, armábamos una mesa gigante. Amparo y yo casi siempre las únicas mujeres. Cerveza y empanadas con ají. Yo las prefería con coca cola. Una gran diversión. Ellos se reían al recordar los errores que nosotras hacíamos. A propósito, por supuesto. Se burlaban de nuestras recogidas de bolas sin doblar las rodillas. Una audacia que los ponía nerviosos. Los hombres pagaban la cuenta. Nos trataban como reinas. Momentos inolvidables. Siempre llegaba la hora de la desbandada. Los casados se disculpaban cuando veían venir a la mujer. Un chiquillo llegaba de improviso y le gritaba “papá” al que creíamos soltero. Le suplicaba que se fueran. Berrinche. El padre molesto debía abandonar el escenario. A muchos les caía la novia de sorpresa. Y los hombres del edén se esfumaban poco a poco. Hubo amoríos cortos con algunos tenistas. Nada de noviazgos. ¿Quedarnos solteronas? Ni por equivocación. Fue indispensable ampliar el horizonte.
Siguiente estrategia: aprender a jugar golf. Las canchas de este deporte eran un paraíso celestial. Había más hombres que en el tenis. Comenzamos por estudiar el terreno para decidir las tácticas a emplear. Las cosas no eran tan fáciles como en la cancha de tenis. Conquistar a los golfistas era más dispendioso. Después del saludo matutino se desaparecían en parejas o de a cuatro. Nos dejaban solas. Así que seguimos jugando tenis, pero nos íbamos a comer las empanadas a la casa club de golf. Comenzamos a hacer algunos amigos. Para ellos era interesante ver a dos mujeres en vestido de tenis mostrando piernas. Para caerle a un golfista hay que tener mucha paciencia. El regreso de los solteros que nos gustaban podía tomar hasta cuatro horas: 18 hoyos. La única manera de pescarlos era salir al campo de golf a jugar con ellos. Decididas contratamos una clase con el profesor del club.
Fin de semana siguiente. Primera lección de golf. La vestimenta para jugar este deporte muy masculina. Ninguna posibilidad de saltitos con coqueteo. El tenis y el golf dos universos diferentes. El profe nos llevó al campo de práctica para novatos, aislado de la acción. Nada positivo. Nos entregó un palo. Pesaba. Quejas a montón. Nos dio uno más liviano. Calentamiento de brazos. Práctica del swing. ¡Cuidado de no darle un palazo a alguien o de romperle los dientes al vecino! Golpear la bola. Nada fácil. Doblar un poco las rodillas. Mantenerlas juntas. Visualizar el campo. Localizar la bandera. Girar el cuerpo en esa dirección. Medir la fuerza. Mirar la bolita y pegarle con el palo. Todo al mismo tiempo. Ni que fuéramos la mujer maravilla. No atinábamos ni una. De vez en cuando lográbamos golpear la bendita pelota, pero en dirección contraria. Este plan no iba a funcionar. Cancelamos la segunda lección de golf. Nos tocó regresar a jugar tenis, pero no nos dimos por vencidas. Necesitábamos enamorarnos.
Recurrimos a otro método de conquista. Nuevo objetivo: la equitación. Los uniformes ecuestres eran bien atractivos. Sensuales. Amparo no vino conmigo a la primera lección. Un amigo la había invitado a salir. Me trajeron un caballo altísimo. Era de un coronel. Precioso el animal. Difícil de encaramarse en él. El estribo estaba muy alto. No lograba coger el suficiente impulso para subir del estribo a la silla de montar. ¿Algún kilito de más? Ataque de risa. El grupo no podía seguir esperando. El instructor me ayudó a subir empujando mi trasero con su mano. Vergüenza de amazona. No estaba acostumbrada a que me agarraran la cola. La clase me gustó. Próxima campeona ecuestre. Vi pasar a muchos jinetes. Les lucía el uniforme. Buenas perspectivas para encontrar novio.
En la noche llamé a Amparo para darle las buenas noticias. Se oía muy contenta. Había salido a almorzar con Philip. Era su nuevo colega en la embajada británica. Su nombre venía del griego: “philein” y “hippos” que significan “amar” y “caballo”. ¡Qué casualidad! Era un londinense muy guapo, con un divorcio en su historial y soltero declarado. Había llegado a Colombia hacía unos meses. La energía de Amparo lo flechó. Ella lo conquistó con sus lindos ojos verdes y su entusiasmo por vivir. El diplomático le propuso matrimonio. El gobierno británico investigó a mi amiga. Le mandó el Scotland Yard, la policía inglesa. ¿Sería Amparo una espía que quería apoderarse de los secretos del Reino Unido? El detector de mentiras comprbó que solo le importaba el corazón de Philip. Contrajeron matrimonio por lo civil y se fueron a vivir a Londres. Yo… de los caballos ni más.
No aprendí a jugar golf ni tampoco a montar corceles con destreza. Amparo encontró el amor. Alegría total, pero me quedé sin amiga. Algo de achicopale me asaltó. Regresé a las canchas de tenis. Sola. Le bajé a la coquetería deportiva y me dediqué a mejorar mi juego. Un día al finalizar un partido, un hombre fornido, bien plantado se acercó. Tenía el pelo rebelde y un atractivo animal. Me invitó a salir. Por poco me caso con él. El tenis es una terapia muy efectiva durante la soltería. Un tratamiento emocional práctico que no requiere sofá. En cada raquetazo nos olvidamos de todo; inclusive del miedo a la soledad.

No sabía que existían estrategias deportivas para conquistar ese ser amado tan deseado…….
Existen muchas estrategias además de las deportivas.
Creo que diste en lo que eres buena. Felicitaciones. Solo que uno siempre quiere final feliz para la autora.😂👏👏👏
Esa historia estuvo divertida, y además es
cierta.genial.felicitaciones
Muchas gracias Vivian. Espero que sea así.
Me gustó!!!!
Me alegra que te haya gustado.
Interesante, con ingenio y humor. También tiene su sorpresa.
Fue una etapa de mi vida muy interesante y llena de sorpresas.
está buenísima la historia, muy divertida, y escrita con un estilo muy auténtico.
Gracias. Precisamente mi intención era transmitir estas vivencia reales de una forma entretenida que le permitiera al lector sonreír.