Del amor, los muñecos y la muerte.
Durante la época, mi abuela materna vivía en Bogotá, cerca de la Iglesia del Divino Salvador y del teatro Santafé. Recuerdo que su apartamento tenía una luz especial, misteriosa, que se filtraba por entre los encajes de las cortinas. Se sentía un aroma a libros de historia y a mucho dulce. Ella preparaba postres deliciosos. Endulzados con almíbar de amor y fantasía.
En el edificio de abuelita María vivían varios niños. A mí solo me importaba uno. Se llamaba Verny. Era el hijo de Hanz y Cornelia, una mujer bonita, amiga de mis tías. Parecía un niño venido del extranjero. De otro mundo. Tenía los ojos inmensamente azules. Grandes y expresivos. Con chispitas. De su cabello brotaban destellos dorados. Su pelo liso y suave reflejaba la luz y se movía dócilmente con el viento. Para comercial de champú. Era un chico muy ágil. Su cuerpo estaba diseñado para correr rápido y para conquistar mujeres.
Me enamoré de Verny cuando tenía seis años. Los viernes, su padre solía llevarnos al cine y comprarnos algodón de azúcar rosado que se pegaba a los dedos. Pura felicidad. Cuando salíamos del teatro, Hanz montaba a su hijo sobre los hombros y yo caminaba agarrada de su mano. Me sentía segura. Era un hombre muy alto. Se vestía elegantemente. Él le regaló a su hijo el azul de sus ojos.
Verny no me dio mi primer muñeco, pero sí el último. Mi primera muñeca fue una chica plástica, que caminaba. Era casi tan alta como yo. Vino de los Estados Unidos empacada en una caja gigante. Se llamaba Patti. Tenía pinta de gringuita rica. Creo que me hablaba en inglés. Portaba un lindo vestido rosa, con medias al tobillo y zapaticos negros. Se veía tan real… parecía humana. Pero yo tenía mis dudas.
Un día me llevaron al peluquero para que me cortara el cabello. Me di cuenta de que mi pelo creció después de unas semanas. Un sábado, fui a la cocina y me traje un par de tijeras que escondí en mi cuarto. Por la noche, me levanté, caminé en punta de pies y entré al baño con mi muñeca. ¡Tris tras! Le corté los ricitos de oro, cortísimos. Si era una niña de verdad, le volverían a crecer. Lógica infantil.
El tiempo pasó y mi muñeca seguía con el pelo igual. Esperé y nada sucedió. Todos los días la vigilaba. Me cansé de verla con su pelo trasquilado. Una tarde, la hice caminar conmigo hasta el final del largo corredor de mi apartamento. Giramos a la izquierda. Llegamos a la parte de atrás. Me encaramé en una butaca. Abrí una ventana. Alcé con dificultad a Patti. Bla, bla, bla, no paraba de hablarme en inglés. La boté por la ventana. Arrepentida, traté de agarrarla. Demasiado tarde. ¡Paf! Se estrelló contra el piso del jardín. Se desbarató. La cabeza saltó lejos. Sus ojos azules me miraban fijamente. No lloró. Desde ese día decidí que no quería tener más muñecas. Por eso comprendí que amaba a Verny cuando acepté, muy emocionada, el muñeco que me trajo de regalo de cumpleaños.
Cornelia, la mamá de Verny trabajaba en una oficina todo el día. Casi nunca la veía. Algunas veces, yo subía a jugar con mi amor después del cine. Su padre nos dejaba solos. Se iba a su estudio. Después de un rato salía vestido con un uniforme militar. Botas altas de puro cuero. Muy imponentes. Jugueteábamos a los soldados. Nos parábamos firmes. Hanz hacía un signo con la mano. Todos gritábamos: “¡Salve Hitler!” Era muy chistoso. También era un secreto.
Un día el disfraz de Hanz traía algo adicional, de plástico negro. Verny y yo recitamos en voz alta la sólita frase. Mientras reíamos… ¡Pum! Su padre se voló la tapa de los sesos. Cayó al piso y sus ojos azules se veían como los de mi muñeca. Mi vestido quedó con lunares rojos. El juego había terminado. No volví a ver a Verny. Regresó a Alemania. Su madre también. Mi muñeco Ricardo desapareció. ¿Lo habré tirado a la basura? Amnesia total. Menos mal.
No comprendí la magnitud de lo sucedido. Era una niña. El padre de mi primer amor, un nazi loco. No me gustan los muñecos todavía. La muerte siempre juega cerca, imperceptible.

Ufffff! Sin palabras para decir, me dejaste «frita», Margarita con tu «etc» este…
Bueno todos los lectores quedaron «fritos» con el final inesperado.
Me gusta mucho el desarrollo de la trama y la agilidad del escrito!!!!
La experiencia del final fue inesperada para mi en ese tiempo. Una sorpresa total incomprendida que fue realidad.
Me alegra que la historia haya tenido agilidad y que te haya gustado el desarrollo de la trama.
Lindo el principio de la historia, pero el final inesperado y confuso para los protagonistas.Asi es la vida algunas veces.
Muchas veces la vida tiene cosas que nos confunden. No siempre los finales son los esperados. Algunas historias comienzan bien y pueden terminar muy mal.
Owww, que experiencia, me gusta como la cuentas pues no es tan traumatizante
Las experiencias traumatizantes no son fáciles de contar por lo que me motiva que te haya gustado la forma en que la relaté.